martes, 30 de agosto de 2011


Caminaba solo por la calle cuando la noche había bajado y teñido la ciudad de azul. Solo yo, con la soledad y mi sombra, que más que triste estaba perdido. Perdido de tu sed e incapaz de saciarla, ya nada te recuerda, ya nada me imagina. Como perro de calle, que camina distraído sin lugar o algún fijo destino. Con el maletín en la mano y un sombrero antiguo, me preguntaba ¿Donde andarás? seguro en alguna calle paralela a la que yo camino. La noche transformó de golpe a la ciudad de color gris y desato aquel llanto interno como gota de lluvia, mojando así la calle del olvido. ¿Sera casualidad del destino que tu calle se tope nuevamente la mía o seremos dos almas solas caminando a la deriva? Empapado por el llanto y asfixiado de tanta lluvia me recordaba tu aroma y el color de tus ojos por el día. ¿Tendrás alguien que pueda acogerte en brazos y no sangren sus heridas, habrá alguien que te calme y llene de paz antes de hacerte sentir pérdida? ¿Serás feliz en otro o solo taparas el vacío que escondes arrepentida? Ignorante animal sin rumbo fui al no ver lo que mis palabras te decían. Seré feliz o simulare serlo, si sonríes y sobre tu calle solo hay alegrías, aunque a mí solo me quede esta mi camino, mi soledad y mi sombra que delatan la razón de tu partida.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Un día de otoño


Estaba sentado sobre la banca de la plaza, viendo las hojas caer en vísperas del otoño, el verde se ocultaba entre hojas amarillas, secas de soledad. El sol calentaba moderadamente el ambiente, había algo que giraba a mi entorno, que entumecía mi pecho, algo incierto que no hacia de estos días tan comunes o simples como para los demás lo eran.


Algo merodeaba en el viento que soplaba levemente y recorría el contorno de mi piel. Era uno de esos días hermosos el cual uno anhela recordar por su simpleza o su armonía, donde uno camina y solo al respirar se siente algo más que el aire. La ciudad estaba pintada de color anís y amarillo por las hojas caídas y los árboles secos, pero aun así había algo, algo más seco que el aquel otoño, estación de tanta poesía. Una ausencia, tal vez la causa de mi espera, en ese mismo lugar en ese mismo momento donde quizás fingía disfrutar el paisaje, un algo o una cosa que hacía dolorosa a esa tarde. En aquella imagen, el lado izquierdo de la banca el lado vacío representaba aquella deserción, aquella falta, aquella necesidad. No era más que un espacio libre ¿LIBRE?, me pregunte.


Acaso no era aquella ausencia la falta de su ser, la necesidad de su esencia que se reflejaban en las hojas secas tiradas en el suelo, desparramadas por el lugar. Aquellas hojas representaron los recuerdos secos, las cenizas de un amor tendido en el placard. Fueron claras y precisas, estaban en todas partes tiñendo la ciudad de otro color, estaban por todos lados como mis memorias, tus memorias, pero ya no brillaban, ya solo el sol solo los calentaba, se secaban y luego se dejaban arrastrar hasta llegar al suelo. No estabas, no existías o realmente si estabas pero yo no te dejaba existir. ¿Un vacío y a la nada? ¿Un derrame de sed por ti? En todos lados, en toda la ciudad, rodeando la plaza, en las calles tus recuerdos amarillos, secos me dejaban disfrutar el aire pero matándome, golpeando tu lugar.


En un instante una voz dijo "Una foto a la pareja" era un vendedor ambulante ofreciendo fotos instantáneas. Pose junto al cuerpo vacío que se encontraba a mi lado izquierdo, el lado ausente y comprendí que tu esencia, tu alma ya se había secado y se había dejado caer como cualquier hoja en un día de otoño.

A estos hombres tristes

Corría la mañana fría del miércoles, eran aproximadamente las seis y media donde el viento seco golpeaba mi cuerpo y todavía el sol no calentaba el ambiente. Me encontraba esperando el colectivo y corría con un tiempo ajustado, había demorado en vestirme y el 106 todavía no demostraba indicios de acercarse. Alrededor de personas desconocidas miraba de constantemente mi reloj. Estaba acostumbrado a estas situaciones, donde no hablaba con nadie más que con mi cabeza, mantenía la boca cerrada y si la abría era solo producto del sueño.

A lo lejos pude captar al viejo colectivo que se dejaba ver a la distancia entre remises y algunos autos. Me reincorpore y me acerque al cordón de la vereda y como muchos de los que nos encontrábamos pacientes, levante mi brazo como pidiendo que se detuviera, subí tercero y esperaba que cada uno comprase su boleto de pasaje. El colectivo estaba muy lleno, los asientos ocupados por jóvenes estudiantes principalmente y algunas personas grandes de cincuenta años más o menos, otros de treinta. También pude ver gente de las mismas edades paradas sosteniéndose de las barras haciendo equilibrio para no dejarse caer y tirar a los demás como un efecto domino. Me pregunte por que habiendo tanta gente joven sentada nadie cedía el lugar a las personas grandes, las cuales se notaban cansadas sin mucha fuerza para sostenerse tal vez si el colectivo hacia una maniobra forzosa caerían como hoja en otoño.

El colectivo reemprendió su trayecto y yo me adaptaba entre los cuerpos que se encontraban de pie, estaba un poco incomodo pero agradecía que no fuera verano ya que el calor hubiera hecho que la situación empeorara. Eran las siete menos veinte y ya me sentía más tranquilo aunque notaba a mí alrededor caras muy calladas parecían pensar muchas cosas a la vez y no se que seria pero podía ver un sentimiento que los unía a cada uno de ellos. La gente de mayor edad al parecer maldecían a los jóvenes que no cedían el lugar y los demás solo deseábamos un lugar para viajar más cómodos. Era incomodo estar tan apretados y empujarnos mutuamente por inercia cada vez que el colectivo se detenía o volvía a acelerar. Los rostros cada vez se volvían más expresivos nadie quería quedarse de pie y para peor bajaba una sola persona pero en la siguiente parada subían dos, tan así que el aire le empezaba a faltar a la gente grande y ya no hacia frío, podíamos sentir el calor corporal. Miraba mi reloj, faltaba mucho camino para llegar y cada detención nos apretábamos más. “Un poco más atrás por favor” dijo el colectivero, pero no había más atrás, ni mas adelante solo un montón de personas sofocándose unas a las otras. Tal vez quienes estaban sentados sentían lo insoportable, el aire a malhumor, el clima tenso en el cual existíamos y las miradas parecían vigilar atentamente los asientos en busca de alguno desocupado. Se notaban furiosos como si fueran capaces de pelear por un lugar.

Un semáforo en rojo ponía más tenso el ambiente y más preocupante mi situación, aunque no faltaba mucho para llegar. De golpe un hombre se levanto y las personas que se encontraban cerca se sentaron, los destinos de cada pasajero empezaban a tomar presencia, y el colectivo se empezó a vaciar. Había dos o tres asientos libres pero ya nadie se sentaba. Que extraño todos se veían tan furiosos y desabridos por un mero asiento y ahora podía observar un par o dos libres y nadie se apoderaban de ellos.

¿Será que así somos los humanos? Necesitamos de las cosas insignificantes para saciar nuestras necesidades, llegamos a maldecir o a pelear contra otros por ellas como si fuera de vida o muerte y cuando las tenemos frente a nuestras narices queremos más y damos menos. O quizá nos damos cuenta que no la necesitamos, que podemos vivir sin ellas y las dejamos ahí sin darle articulo como si nunca nos hubiera importado. Seremos tan dependientes de ellas o solo seremos esclavos del egoísmo. Agachamos la vista o miramos para otro lado intentando ser invisibles a los que nos rodean como para no sentirnos tan culpable o para pasar desapercibidos. Creo que un momento tan simple me hizo notar que tan flojo actuamos siempre, como solo existe uno y el bien para uno ¿Y el de alado? Dicen que no hay dos sin tres, pero no llegamos a completar el numero dos y a lo sumo formamos uno y un cuarto, tal vez uno y un medio.

Pensando tristemente y dejando ver la realidad había llegado a destino y baje del colectivo a emprender mi camino a la facultad.

martes, 20 de octubre de 2009

Mi viejo jardín

Amar la naturaleza y a mi mismo es lo que sentía cada vez que me encontraba en mi jardín. Era hermoso poder sentarme a disfrutar de la simpleza que nos regala la vida y creo que ese fue el motivo por el cual estudie botánica.
Desde pequeño me habían fascinado las plantas, mi abuelo tenía un hermoso patio donde solía jugar. De más grande cuando tuve mi propio hogar me propuse a tener el jardín mas hermoso de la ciudad y con mucho trabajo lo logre. Todos se enardecían al venir a comer asados y disfrutaban de su belleza, yo por mi lado me preocupaba en cuidarlas para gozar leyendo un libro en otoño o primavera con el sonido del viento de fondo o tocando la guitarra mientras tomaba mi mate amargo. Era parte de mi y yo parte de él, necesitábamos uno del otro para seguir adelante. En el barrio me llamaban doctor ya que solían traerme plantas maltratadas y yo las curaba en mi tiempo libre.
Tenía azaleas gardenias, helechos, boca de dragones, madres perla o pilea cardieri, palmeras junto a muchos otros tipos. Algunas simples y hermosas, otras raras y complejas, todas eran como hijos para mi. Cada pequeña que traía la cuidaba hasta verla crecer lo suficiente como para sobrevivir sola, como en la vida. Ciertas plantas se defendían de cualquier intruso o invasor que desease algo de ellas, otras eran tan simples que se dejaban fluir con el viento. Unas luchaban contra otras por llegar a la sima para que el sol acariciara por las siestas sus hojas, las demás eran incapaces de competir solo vivían y daban frutos a nuevas plantas. Algunas necesitaban de otras para sobrevivir, como si fuesen parásitos, pero ellas no se defendían lo cual notaba extraño, quizás solo se ayudaban entre sí o tal vez solo no eran capaces de negarse a ello. Siempre encontré en las platas una relación muy fuerte con los humanos quienes somos incapaces de ver que tan simple es lo que nos rodea y que tan hermoso. Observar su comportamiento me figuro la vida misma.
Pasó el tiempo yo había dejado mis años atrás, envejecí rápidamente y después de mi jubilación dedique mas tiempo a mi jardín, mi hogar y a mi trofeo más preciado. Pero por más esfuerzo que hacía mis plantas, mis compañeras de toda la vida se iban agotando y desgastando. Cumplía setenta y tres años y el pasto ya no crecía tan verde, se podían ver pedazos secos como manchas donde solo había barro. Vi morir a muchas de mis crías las cuales yo mismo había visto crecer, sentía que la vida me jugaba una mala racha y empecé a buscar razones por la cual las veía desvanecerse. Probé con nueva tierra y no funcionaba, productos nuevos y modernos para ayudar con el cuidado y no daban resultado.
Llegue a los ochenta años y vi como la vida se fue a través de mis ojos mirando mi jardín decaer. Entendí que así como las personas venimos y existimos también así nos vamos pero siempre dejamos algo en este mundo, alguna enseñanza o costumbre que se transmite entre la gente como las plantas dejan sus semillas al morir, para jamás dejar de existir. Vemos marchar a muchos que no regresan jamás pero seguimos luchando por cumplir nuestros objetivos.
Con ochenta y cuatro años ya no puedo salir al patio a ver mi creación por mis enfermedades aunque me suelen llevar mis nietos por que saben cuanto me gustan, pero ya no distingo las flores, ya no recuerdos sus nombres, lo único que puedo notar después de tanto luchar por lo deseado y vivir que mi vida en base a ello, son aquellas cosas simples, tan hermosas y adoradas por todos como mi viejo jardín.