Amar la naturaleza y a mi mismo es lo que sentía cada vez que me encontraba en mi jardín. Era hermoso poder sentarme a disfrutar de la simpleza que nos regala la vida y creo que ese fue el motivo por el cual estudie botánica.
Desde pequeño me habían fascinado las plantas, mi abuelo tenía un hermoso patio donde solía jugar. De más grande cuando tuve mi propio hogar me propuse a tener el jardín mas hermoso de la ciudad y con mucho trabajo lo logre. Todos se enardecían al venir a comer asados y disfrutaban de su belleza, yo por mi lado me preocupaba en cuidarlas para gozar leyendo un libro en otoño o primavera con el sonido del viento de fondo o tocando la guitarra mientras tomaba mi mate amargo. Era parte de mi y yo parte de él, necesitábamos uno del otro para seguir adelante. En el barrio me llamaban doctor ya que solían traerme plantas maltratadas y yo las curaba en mi tiempo libre.
Tenía azaleas gardenias, helechos, boca de dragones, madres perla o pilea cardieri, palmeras junto a muchos otros tipos. Algunas simples y hermosas, otras raras y complejas, todas eran como hijos para mi. Cada pequeña que traía la cuidaba hasta verla crecer lo suficiente como para sobrevivir sola, como en la vida. Ciertas plantas se defendían de cualquier intruso o invasor que desease algo de ellas, otras eran tan simples que se dejaban fluir con el viento. Unas luchaban contra otras por llegar a la sima para que el sol acariciara por las siestas sus hojas, las demás eran incapaces de competir solo vivían y daban frutos a nuevas plantas. Algunas necesitaban de otras para sobrevivir, como si fuesen parásitos, pero ellas no se defendían lo cual notaba extraño, quizás solo se ayudaban entre sí o tal vez solo no eran capaces de negarse a ello. Siempre encontré en las platas una relación muy fuerte con los humanos quienes somos incapaces de ver que tan simple es lo que nos rodea y que tan hermoso. Observar su comportamiento me figuro la vida misma.
Pasó el tiempo yo había dejado mis años atrás, envejecí rápidamente y después de mi jubilación dedique mas tiempo a mi jardín, mi hogar y a mi trofeo más preciado. Pero por más esfuerzo que hacía mis plantas, mis compañeras de toda la vida se iban agotando y desgastando. Cumplía setenta y tres años y el pasto ya no crecía tan verde, se podían ver pedazos secos como manchas donde solo había barro. Vi morir a muchas de mis crías las cuales yo mismo había visto crecer, sentía que la vida me jugaba una mala racha y empecé a buscar razones por la cual las veía desvanecerse. Probé con nueva tierra y no funcionaba, productos nuevos y modernos para ayudar con el cuidado y no daban resultado.
Llegue a los ochenta años y vi como la vida se fue a través de mis ojos mirando mi jardín decaer. Entendí que así como las personas venimos y existimos también así nos vamos pero siempre dejamos algo en este mundo, alguna enseñanza o costumbre que se transmite entre la gente como las plantas dejan sus semillas al morir, para jamás dejar de existir. Vemos marchar a muchos que no regresan jamás pero seguimos luchando por cumplir nuestros objetivos.
Con ochenta y cuatro años ya no puedo salir al patio a ver mi creación por mis enfermedades aunque me suelen llevar mis nietos por que saben cuanto me gustan, pero ya no distingo las flores, ya no recuerdos sus nombres, lo único que puedo notar después de tanto luchar por lo deseado y vivir que mi vida en base a ello, son aquellas cosas simples, tan hermosas y adoradas por todos como mi viejo jardín.