Corría la mañana fría del miércoles, eran aproximadamente las seis y media donde el viento seco golpeaba mi cuerpo y todavía el sol no calentaba el ambiente. Me encontraba esperando el colectivo y corría con un tiempo ajustado, había demorado en vestirme y el 106 todavía no demostraba indicios de acercarse. Alrededor de personas desconocidas miraba de constantemente mi reloj. Estaba acostumbrado a estas situaciones, donde no hablaba con nadie más que con mi cabeza, mantenía la boca cerrada y si la abría era solo producto del sueño.
A lo lejos pude captar al viejo colectivo que se dejaba ver a la distancia entre remises y algunos autos. Me reincorpore y me acerque al cordón de la vereda y como muchos de los que nos encontrábamos pacientes, levante mi brazo como pidiendo que se detuviera, subí tercero y esperaba que cada uno comprase su boleto de pasaje. El colectivo estaba muy lleno, los asientos ocupados por jóvenes estudiantes principalmente y algunas personas grandes de cincuenta años más o menos, otros de treinta. También pude ver gente de las mismas edades paradas sosteniéndose de las barras haciendo equilibrio para no dejarse caer y tirar a los demás como un efecto domino. Me pregunte por que habiendo tanta gente joven sentada nadie cedía el lugar a las personas grandes, las cuales se notaban cansadas sin mucha fuerza para sostenerse tal vez si el colectivo hacia una maniobra forzosa caerían como hoja en otoño.
El colectivo reemprendió su trayecto y yo me adaptaba entre los cuerpos que se encontraban de pie, estaba un poco incomodo pero agradecía que no fuera verano ya que el calor hubiera hecho que la situación empeorara. Eran las siete menos veinte y ya me sentía más tranquilo aunque notaba a mí alrededor caras muy calladas parecían pensar muchas cosas a la vez y no se que seria pero podía ver un sentimiento que los unía a cada uno de ellos. La gente de mayor edad al parecer maldecían a los jóvenes que no cedían el lugar y los demás solo deseábamos un lugar para viajar más cómodos. Era incomodo estar tan apretados y empujarnos mutuamente por inercia cada vez que el colectivo se detenía o volvía a acelerar. Los rostros cada vez se volvían más expresivos nadie quería quedarse de pie y para peor bajaba una sola persona pero en la siguiente parada subían dos, tan así que el aire le empezaba a faltar a la gente grande y ya no hacia frío, podíamos sentir el calor corporal. Miraba mi reloj, faltaba mucho camino para llegar y cada detención nos apretábamos más. “Un poco más atrás por favor” dijo el colectivero, pero no había más atrás, ni mas adelante solo un montón de personas sofocándose unas a las otras. Tal vez quienes estaban sentados sentían lo insoportable, el aire a malhumor, el clima tenso en el cual existíamos y las miradas parecían vigilar atentamente los asientos en busca de alguno desocupado. Se notaban furiosos como si fueran capaces de pelear por un lugar.
Un semáforo en rojo ponía más tenso el ambiente y más preocupante mi situación, aunque no faltaba mucho para llegar. De golpe un hombre se levanto y las personas que se encontraban cerca se sentaron, los destinos de cada pasajero empezaban a tomar presencia, y el colectivo se empezó a vaciar. Había dos o tres asientos libres pero ya nadie se sentaba. Que extraño todos se veían tan furiosos y desabridos por un mero asiento y ahora podía observar un par o dos libres y nadie se apoderaban de ellos.
¿Será que así somos los humanos? Necesitamos de las cosas insignificantes para saciar nuestras necesidades, llegamos a maldecir o a pelear contra otros por ellas como si fuera de vida o muerte y cuando las tenemos frente a nuestras narices queremos más y damos menos. O quizá nos damos cuenta que no la necesitamos, que podemos vivir sin ellas y las dejamos ahí sin darle articulo como si nunca nos hubiera importado. Seremos tan dependientes de ellas o solo seremos esclavos del egoísmo. Agachamos la vista o miramos para otro lado intentando ser invisibles a los que nos rodean como para no sentirnos tan culpable o para pasar desapercibidos. Creo que un momento tan simple me hizo notar que tan flojo actuamos siempre, como solo existe uno y el bien para uno ¿Y el de alado? Dicen que no hay dos sin tres, pero no llegamos a completar el numero dos y a lo sumo formamos uno y un cuarto, tal vez uno y un medio.
Pensando tristemente y dejando ver la realidad había llegado a destino y baje del colectivo a emprender mi camino a la facultad.

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